José, el último canastero de la costa tropical granadina

 

José Maldonado es uno de los últimos canasteros de la provincia de Granada. Sigue en activo en La Herraura, una pequeña localidad de la costa tropical. Trabaja con cañavera, una planta de tallo alto y delgado, que entrelaza con maestría de artesano. Hace años trabajó en Mallorca, como conserje de un establecimiento hotelero. Y ahora trabaja en su tierra, en un oficio en extinción.

Bea Díaz

No sabe en cuántas fotografías ha quedado inmortalizado, atrapado por un segundo en un clic. Está seguro de que puede que en cientos. O en más. Vaya usted a saber. Es difícil no fijarse en José, debajo de una enorme sombrilla azul, desvaída de color según le caiga el sol de plano y según el día; debajo de un sombrero de paja, parapetado tras una mascarilla que oculta un bigote que no te esperas y que solo se quita para que yo le haga una foto. Otra más.

José tiene 70 años, siete hijos y no recuerda si trece o catorce nietos. “Mi mujer se operó para no tener más niños. Pero un día, estando yo en Manzanares trabajando en un hotel, me llamó diciendo que se sentía un poco rara”. Así llegó el último de la saga, por sorpresa. Esa sorpresa tiene ahora 33 años. El mayor ha pasado la cincuentena. “Los gitanos nos casamos muy pronto. Conocí a mi mujer y me la llevé. Tendría 14 o 15 años, como yo, y la primera vez que me salió un trabajo en los hoteles me pidieron el libro de familia”. ¿Y eso que es? José no sabía que tenía que casarse y se casó.

 

Amanece cada día a eso de las 8 y media de la mañana en el mismo banco, en el mismo sitio, en la misma rotonda de La Herradura, esa pedanía de Almuñécar, en Granada, aunque él la llama barrio. En el banco de piedra blanca expone, como si fuera una tienda habitual, las canastas y cestas que pocos hacen ya. ¿Cuál es la diferencia entre una canasta y una cesta?, pregunto. “Las cestas llevan asas, las canastas, no”. Eso de nunca te acostarás sin saber algo más.

PODCAST, REALIZADO POR LA PERIODISTA BEA DÍAZ: Escucha la voz de JOSÉ MALDONADO, el mejor canastero de La Herradura (Almuñécar, Granada).

 

Estamos pues con José que es de los últimos canasteros que quedan por la costa tropical granadina. En La Herradura, de apenas 2.000 habitantes, es el último de los mejores. Trabaja con caña, con cañavera, como la llama él y tiene las manos curtidas de tanto pinchazo porque no es tan maleable como el esparto. En el dedo índice de la mano derecha se embute un trozo de cubierta negra de rueda de bicicleta y así “no me pincho, que mira que llevo años haciendo esto pero me sigo clavando la caña en las manos”.

Trabaja de forma concienzuda, y levanta la vista de vez en cuando, mirando a los turistas que abarrotan el paseo marítimo. Saluda sin que le de tiempo a terminar las consabidas frases preguntando por la salud a los vecinos.

“De muy joven me fui a Mallorca a trabajar en los hoteles. Era conserje. Después vendí flores por los pueblos de Málaga. Mi madre sí que era una buena canastera. Cuando yo tenía diez añillos o menos la veía trabajar y también a mi abuelo y, a escondidas, empecé a hacer canastos”. Se ríe cuando le pregunto si el “negocio” va bien. La verdad es que un canasto hecho a mano, una cesta, de las que llevan asas las vende hasta por 30 euros, depende del tamaño. “Un día llegó una extranjera que quería aprender; le cobraba 20 euros la hora”. Cara de estupor por mi parte. “Hombre, es que el tiempo que le dedicaba a ella, pues no estaba yo haciendo lo mío. Pero al final le regalé un canasto, ¿eh?”. José contesta y contesta mientras mueve los dedos trenzando y retorciendo las cañas que él mismo va a buscar al campo. Donde sabe que hay, que tampoco es que se vean por todos lados. La canasta, mientras, va cogiendo altura.

“¿A cuánto vendes los ajos? A un euro ¿no?” Es uno de los vecinos de La Herradura que pregunta aunque hay un cartón con el precio de una bolsa de ajos y una de cebollas y aunque, sí, le compra a menudo y se lo sabe. Pregunta que se hace por preguntar. Las cebollas son muy pequeñas y los ajos están prácticamente pelados. Las bolsas esperan comprador, cómo no, en una canasta. Es el otro negocio que se gasta José. Te vendo una bolsa de ajos por un euro.

Cruzamos un paso de cebra que respetan respetuosamente las decenas de coches que atraviesan la avenida Andrés Segovia, hijo predilecto de La Herradura. La avenida es lo más parecido a un paseo marítimo que separa la tierra de un mar lleno de sombrillas de colores en este verano loco. Abre José la parte de atrás de la furgoneta y un olor a ajos te da los buenos días desde una caja de plástico verde, de las de frutería. Coge unas bolsas de plástico transparente y embolsa. Caben unas diez cabezas. Como todo, depende de los tamaños y los pesos.

 

 

Medio maletero está tapado con una gran lámina de cartón que oculta el otro “trabajo” de José. “Es una máquina de afilar, que si me piden que afile cuchillos, pues también lo hago”. Embolsa y embolsa. Cerramos la furgoneta por detrás, la abrimos por delante. Se adelanta en el asiento del copiloto y sus manos, sin la cubierta de la rueda de bicicleta, se enreda en el espejo retrovisor. “Déjame que te regale un canastillo pequeño”, me dice, mientras pelea con medallas y más canastillos que se aferran al espejo. “Me han pedido que haga cien de éstos”. Se ríe José. “Ten un buen día”, le digo. “A ver si vendes todas las canastas todos los cestos todos los ajos todas las cebollas”. Eso espera.

Mañana José volverá al banco de piedra blanca y su sombrilla azul tendrá una muesca más de un día de verano.

 

Bea Díaz es la autora de este retrato de José Maldonado, uno de los últimos canasteros del país. Bea es periodista, con una larga trayectoria como directora en diversos programas de actualidad informativa de Canal Sur, la cadena autonómica de Andalucía. 

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